Esta semana asesinaron a un valiente, a un hombre que defendía la libertad y no se doblegaba ante la tiranía. Orlando Zapata Tamayo murió luchando contra el régimen de los hermanos Castro, contra una dictadura atroz con una lista de crímenes que ya supera los diecisiete mil. Ha muerto ignorado por países democráticos, como el nuestro, convertidos en cómplices de las más asquerosas dictaduras. Por todo ello, esta semana volvía a quedar de manifiesto la benevolencia del Gobierno español con el régimen de los Castro. Para la izquierda, la dictadura castrista mantiene vivo ese icono que tanto le pone al progrerío, ese resquicio del comunismo que tanto miman y añoran. La izquierda en estado puro. La hipocresía de la que tanto hacen gala, haciendo en Europa como que defienden los derechos humanos y mirando para otro lado cuando quien los viola es uno de los suyos.
¿Qué ha significado para Zapatero el asesinato de Orlando? Simplemente un “lamentable acontecimiento” a dicho Moratinos. Hasta qué punto llega la mezquindad humana para llamar acontecimiento a un asesinato en toda regla. No olvidemos que Zapatero llamó accidentes a los asesinatos de ETA. ¿Qué hace un defensor de la dictadura castrista presidiendo la UE y acudiendo a un foro de Naciones Unidas en defensa de los derechos humanos cuando no ha movido ni un solo dedo para ayudar a este hombre que llevaba 85 días en huelga de hambre? No puede dar más asco.Por cierto, después de este asesinato, ¿seguirá toda la tropa progre culpando a Estados Unidos de todos los males de Cuba? Seguramente sí. Esta gentuza sólo se acuerdan de la isla cuando necesitan volar a aquellas tierras para ponerse hasta las cejas de droga y acostarse con adolescentes que no tienen más remedio que soportar su fétido aliento para tener algo con lo que alimentarse ese día.

Se podrían dar diversas respuestas, pero me centraré en las fundamentales. En primer lugar, los profesionales de la comunicación parecen tener como máxima preocupación falsificar y sesgar la información, convirtiéndose así en correas de transmisión del poder. En segundo lugar, los políticos. Su propia naturaleza dominadora les lleva a querer acaparar todos los ámbitos del poder, y controlar el cuarto, claro, significa votos. Y en tercer lugar, los destinatarios de la información de calidad, que tienden a eludirla y a elaborar consignas de acuerdo a unos juicios preestablecidos basados, en la gran mayoría de los casos, en la pura ignorancia, y lo que es más grave, sin ningún interés por salir de ella. De otra forma no se explica que los medios de comunicación competentes y honrados representen una pequeña parte de la profesión y su audiencia sea mínima. En cambio, los grandes grupos que ofertan productos falsos, pobres y zafios, son vistos, escuchados o leídos por la gran masa.
A todo cerdo le llega su San Martín. Incluso al, hasta ahora, intocable Baltasar Garzón, con la diferencia de que, en su caso, nada será aprovechable y tendrá que ir directo a un vertedero de residuos tóxicos. Hasta que punto han llegado las fechorías del juez, siempre creyéndose inmune a la Ley, que el Consejo General del Poder Judicial, ese organismo que durante tanto tiempo ha mimado y protegido al juez estrella, no ha tenido más remedio que iniciar los trámites para expulsarle de la Audiencia Nacional. Quizá, en esta ocasión, a más de un magistrado se le ha caído la cara de vergüenza al leer el auto del juez del Tribunal Supremo, Luciano Varela. Si el asunto del dinero que solicitó a Botín para financiar sus actividades en Nueva York es grave, más grave es aún su causa general al franquismo. Su vanidad y ansia por ser carne de telediarios le hicieron ignorar que los delitos ya habían prescrito, que existía una Ley de Amnistía de 1977 y que sus supuestos autores, como Franco o Mola, estaban criando malvas, de ahí el numerito de pedir el acta de defunción del Caudillo.


